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Día 6: «No puedo creer que se haya ido», la derrota del médico ante el virus

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La gente a menudo me pregunta cómo estoy, cómo me encuentro, y, en general, estoy bien. En realidad, creo que los momentos más difíciles han sido algunos de mis días libres.

Regularmente el ritmo en la unidad de cuidados intensivos de este hospital en Nueva York, el llamado foco mundial de la pandemia, es tan agitado que no hay tiempo de detenerse y pensar.

Pero los días libres me dan la oportunidad de hacer una pausa y reflexionar. También es el momento en el que más siento el impacto del distanciamiento social, lejos de mi familia y de mi perro.

Las llamadas telefónicas y Zoom están bien, pero no reemplazan la sensación de un abrazo ni la emoción de ver a mi perro Curtis meneando la cola.

Esto no quiere decir que no haya momentos emocionales en el trabajo. De hecho, son muchos.

LUCHANDO CONTRA EL VIRUS Y LAS LÁGRIMAS

Raramente permitimos que miembros de la familia entren a la unidad de cuidados intensivos, pero en un caso dejamos que la hija de uno de nuestros pacientes visitara a su padre moribundo.

Ella era de mi edad –tengo 46 años- y sus padres me recordaban a los míos. Escuché a los familiares cuando se despidieron, cantaron canciones y rezaron por FaceTime.

Parecía tan injusto que se les robara la oportunidad de estar juntos físicamente en un momento tan importante. Luché contra las lágrimas mientras imaginaba cómo sería si esta fuera mi familia.

Otro paciente murió y llamé a sus parientes para avisarles. Creo que esta era apenas la segunda vez que hablaba con ellos y les estaba diciendo que su ser querido había fallecido.

Discutimos la necesidad de contactar a una funeraria para hacer los arreglos y recoger el cuerpo de la morgue del hospital. Y, debido al distanciamiento social, eso sería todo: sin servicio conmemorativo, sin reunión de amigos y familiares para celebrar la vida de esta persona. Simplemente así había terminado.

Creo que todo el personal de la unidad tuvo estos momentos. Diferentes eventos fueron “puntos de activación” para diferentes personas, pero algunas cosas nos afectaron a todos de una manera u otra.

COMO ERA JOVEN PENSAMOS QUE SALDRÍA BIEN

Hubo un paciente que nos conmovió a todos. Creo que este era el más joven, de unos 30 años, y estaba apenas formando su familia.

Aterrorizado de utilizar un respirador, confió en nosotros cuando llegó el momento de hacerlo. Como era joven todos pensamos que todo saldría bien. Pero en lugar de mejorar, se puso cada vez más enfermo. Finalmente, sus pulmones y su corazón dejaron de funcionar a pesar de que lo intentamos todo.

Durante los siguientes días hubo una sensación generalizada de «no puedo creer que se haya ido». Creo que todos nos sentimos derrotados y, de alguna manera, engañados. Pero, nos unimos para apoyarnos unos a otros en ese momento, como lo hicimos en todos los demás.

En esos trances tuvimos, además, otra fuente sorprendente de apoyo: las familias de nuestros pacientes. Incluso después de dar malas noticias, ellos expresaron su gratitud, deseándonos lo mejor, que estuviésemos seguros y con salud.

Honestamente tuve que contener las lágrimas en varias ocasiones. ¿Cómo podían estar agradeciéndonos cuando nada estaba mejorando? Supongo que sabían que estábamos haciendo el mejor esfuerzo. Y nosotros también lo sabíamos.

Estuvimos allí para nuestros pacientes y estuvimos allí el uno para el otro. Todos y cada uno de nosotros, independientemente de nuestro cargo, formamos parte de este equipo que estuvo presente todos los días. Saber que estuvimos allí juntos ha ayudado a marcar la diferencia.