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Dolorosa imagen de una chica argentina de 22 años que murió de COVID-19

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Una chica que ahora está muerta. Lara indefensa, abandonada a su destino en el piso de un hospital, es la Argentina de rodillas frente al virus y frente a la ineficiencia de las autoridades que hace cinco meses prometen vacunas que no llegan y eligen culpar por la crisis a los medios de comunicación y a sus enemigos políticos. Lara llevaba el nombre que Boris Pasternak imaginó para su heroína del «Doctor Zhivago». El jueves 13 de mayo volvió también del gimnasio, porque si bien no era deportista, ni amante de los deportes, tomaba lecciones de artes marciales.

Claudia recurrió a las nebulizaciones, al puff que ayuda a los asmáticos, pero Lara se sentía ahogada, incapaz de respirar. La llevaron entonces al Hospital Protomédico Manuel Rodríguez, de la ciudad de Recreo. Allí no había camas. Había, sí, una silla de ruedas donde la sentaron y le dieron oxígeno durante cuatro horas.

Y a las siete y media de la tarde le pidieron que regresara el lunes tempranito, a las ocho y media, para hacer unas placas. Le medicaron un antibiótico oral cada ocho horas y nebulizaciones. Y le aconsejaron consultar en el Iturraspe en procura de un lugar. Pero Lara soporta sólo quince minutos en casa y vuelve a la espantosa sensación de ahogo.

Todos los enfermos, sospechados de Covid o aquejados por otros males, comparten ese espacio en común. Madre e hija son atendidas por una enfermera que, luego de algunas preguntas, les pide que esperen, otra vez más espera, en el hall de entrada. Lara necesita estar horizontal. La mamá pide una camilla que le niegan porque es para ser usada por una paciente de riesgo.

Lara se acuesta en el piso frío y sucio. Entonces Claudia coloca el bolso a modo de almohada. La foto es de una desolación devastadora. Lara en posición fetal, barbijo celeste, con una campera de mamá como colchoneta, con los reflejos rojizos en el pelo que acaso hayan hecho perder el sueño a algún galán de la facultad, parece recuperar fuerzas con una siesta salvaje después de un día agitado de juvenilia.

La foto se replica miles de veces, mientras los pulmones de Lara, que amaba a los animales, empiezan a colapsar. Ese lunes a la noche, surge una cama para Lara en el Hospital Iturraspe, mientras las autoridades admiten que ya no hay «camas críticas» ni en Santa Fe, ni en Rosario, ni en Rafaela. El martes, una médica y una asistente social se comunican con los padres de Lara. Pero el miércoles Lara pasa a terapia intermedia para controlar sus niveles de insulina.

El jueves, la glucemia estaba controlada, pero los pulmones estaban muy dañados. El padre la ve, es una imagen dura como son las escenas de una terapia de cualquier intensidad. Lara, por señas, todo transcurre delante y detrás del cristal de una ventana, le dice que le cuesta respirar. El jueves, el padre recibe un llamado que le parece extraño, y acaso lo sea, desde el hospital le preguntan si quiere ir a ver a su hija.

La encuentra deteriorada, de costada, con una máscara de oxígeno y con las señas inconfundibles de ahogo. El hombre se quiebra, cabalga desamparado entre su dolor y el consejo médico que le pide, le ruega, que su hija lo vea entero. Cuando el padre regresa a casa, le avisan que Lara pasó a terapia intensiva y que debieron entubarla. Termina el jueves.

Salvo para sus seres queridos, sus hermanos, el círculo concéntrico de sus familiares y amigos donde sí dejó unas marcas profundas e imborrables, Lara no dejó más huellas. No es la Lara de Pasternak, nadie le enseñó a tocar la balalaika. Sí rondan por las redes algunas fotos cedidas por sus íntimos. En todas se la ve a Lara, con los reflejos rojizos, besar a alguno de sus animales.

Una de esas fotos es muy graciosa. Y en otra, la más tierna y dramática, se ve a un caballo a una materia de recibirse de matungo, lastimado, desgreñado, crenchas de pelo como manchones, flaco, entrado en años, que también recibe con melancólica esperanza, un beso de Lara.