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EL CAOS EN EL CONSTITUCIONALISMO MEXICANO

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Por: MD Hugo Alday Nieto

Los Estados modernos y los sistemas de control basados en normas jurídicas se han gestado durante siglos a partir de las teorías filosóficas que nacen en respuesta a los sistemas autócratas europeos como el de Luis XIV. En estos se fijan las bases de la división de poderes en los gobiernos democráticos, como lo manifestara en su momento el Barón de Montesquieu.

A partir de entonces se comenzó la discusión de la forma democrática de Estado, en la que se considera la ciudadanía o pueblo, como base fundamental para la designación de sus gobernantes, magistrados y legisladores. Y de esas corrientes es de donde se sostiene la independencia de México, con raíces impregnadas por los teóricos franceses y la constitución de Estados Unidos, nuestra primera república nació como un país democrático. Emilio Rabasa en su obra “La Constitución y la Dictadura” narra ese hecho de la siguiente manera:

  “No hay acto en nuestra historia más fatalmente trascendental que éste. Los pueblos que acaban de romper con sus tradiciones coloniales perdían de un solo golpe las bases en que iban a fundar el edificio de su nueva vida institucional…”

De la misma forma, dado que el constituyente de 1824 crea en un concilio de iluminados impregnados de corrientes liberales extranjeras una nueva forma de gobierno totalmente desconocida en una nación aún en proceso de creación, Rabasa la describe de la siguiente manera:

“Así fue como en pueblos sin educación política alguna se estableció el sistema de gobierno más complicado de todos y que requiere más delicada comprensión de los principios que lo informan”

Siguiendo con ese autor, refiere una compleja explicación del significado de pueblo, y del cual, hasta la fecha, el debate de su significado sociológico, político y constitucional se encuentra aún amorfo; ya que, si se retoma a Montesquieu para la división de poderes el significado del pueblo, sería muy diferente que para Hobbes, Schmidt, Heller o Kelsen. En este sentido, y adelantándose a los pensadores alemanes Emilio Rabasa expresó:

“Lo malo es que la palabra pueblo tiene en los idiomas occidentales tres connotaciones que la ignorancia y muchas veces el simple descuido, confunden: 1) la masa social en conjunto; 2) la suma de individuos capaces de ejercitar los derechos políticos, y 3) la de pueblo bajo, en contraposición a la parte culta y acomodada de la sociedad. De esa confusión han nacido todas las teorías falsas y todas las vociferaciones perversas de que se alimenta la demagogia.”

En este orden de ideas, nos percatamos de que, dependiendo la corriente política se cambia la idea de pueblo, con lo cual, el elemento más importante del Estado (Pueblo-Territorio-Gobierno), hasta nuestros días se encuentra indefinido para el constitucionalista moderno.

Por ello, cuando nuestra Constitución General de la República expresamente señala en su artículo 39 que la soberanía nacional reside del pueblo y que, todo poder público dimana de pueblo, tenemos que considerar el origen de esta expresión y acercarnos a su creador, Montesquieu:

“En una democracia adecuadamente constituida, el pueblo soberano delega la autoridad para hacer lo que él mismo no puede hacer”.

Para Montesquieu, la participación de los ciudadanos o del pueblo era exclusivamente para delegar la facultad de autoridad soberana en los órganos de gobierno, jueces y legisladores. Sin embargo, una de las fuentes de donde emana nuestra República, es claro al mencionar que ese poder soberano es para elegir a ciertos individuos más adelantados.

Incluso, dicho autor es propenso a establecer límites para elegibilidad e inelegibilidad del pueblo:

“La democracia no exige que todo ciudadano sea elegible para un cargo público, sino que todos participen en la selección de los funcionarios.”

Desde el origen de la democracia, los griegos la consideraban como la facultad de algunos cuantos para tomar decisiones por los demás. En Inglaterra, un claro ejemplo de la democracia y participación del pueblo es la creación de las cámaras de los comunes y los lores, a fin de generar una verdadera participación de todas las fuerzas organizadas y debidamente representadas.

A mi parecer, lo que necesitamos es que los ejercicios de participación democrática sirvan para poder elegir a quienes probablemente puedan poner sobre la mesa los temas trascendentales. De tomar a la democracia como algo serio y que nos atañe a todos para nuestro desarrollo y no cómo una kermesse para elegir a los rockstars del momento.

Tenemos un sistema constitucional eficaz y emanada de una de las luchas sociales más crueles, en la que se conquistaron y adquirieron derechos subjetivos públicos que nos respaldan como ciudadanos, pero mientras no tomemos nuestro papel en la democracia con la importancia que en realidad tiene, esta confusión emanada de la ignorancia de la que habla Emilio Rabasa en su libro de 1912, seguirá ocasionando un caos en nuestras vidas, y seguirá como afirma Joaquin Sabina, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido….

Gracias por su lectura.

*Hugo Alday Nieto es licenciado en derecho por la Universidad La Salle del Pedregal, Maestro en Derecho por la Universidad del Anahuac del Mayab, Master Internacional en Propiedad Intelectual, Industrial y Derecho de la Competencia por la  Universidad de Alicante, España. Cuenta con publicaciones especializadas en derecho en Mexico y el extranjero, donde destacan colaboraciones con Porrúa, UNAM, ASIPI, AMPPI, INDAUTOR, Marcasur, la Universidad de Alicante y otros. Ha representado al estado de Quintana Roo en la protección de marcas turísticas y logró mediante controversia constitucional la denominación de origen del Chile Habanero de la Península de Yucatán en la Suprema Corte de Justicia de la Federación. Se desempeña como secretario técnico del Municipio de Benito Juárez y es diputado federal suplente. Actualmente escribe para www.grupopiramide.com.mx; www.Cancunissimo.mx; www.ruptura360.mx
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