Inicio Gente con Valor Felipe de Edimburgo: príncipe sin reino

Felipe de Edimburgo: príncipe sin reino

341

■ Visítanos en: www.laprensaus.com ■ Like US Facebook: laprensadechicago ■ Follow US Twitter: @LaPrensaChicago ■

La niña Alicia era una verdadera princesa, hija del príncipe Luis de Battenberg y de la princesa Victoria de Hesse, que a su vez era hija de la princesa Alicia del Reino Unido, que era la segunda hija de la reina Victoria. Cuando la niña Alicia comenzó a crecer, sus institutrices descubrieron que lo que sus hermanos aprendían con facilidad a ella le costaba mucho más. Alicia creció y se enamoró de Andrés, un príncipe no salido de un cuento, pero sí de Grecia. Se casaron, tuvieron cinco hijos.

Pero luego de la guerra con Turquía, Andrés tuvo que exiliarse. El príncipe derrotado y la princesa partieron, o mejor dicho huyeron, en un barco inglés. Ese niño crecería y se enamoraría de una princesa que sería reina de una de las naciones más poderosas del mundo. Ese niño renunciaría a su apellido y aceptaría caminar siempre tres pasos por detrás de la mujer que amaba.

Al tiempo Alicia comenzó a mostrar signos de depresión. Cuando Alicia fue internada en un centro de salud mental, su marido no solo la abandonó, sino que siguió mostrándose con su amantes y viviendo de la generosidad de sus parientes. Un tío asumió la responsabilidad de Felipe, que con diez años fue enviado a Alemania a estudiar. Al terminar eso llamado escuela, Felipe se unió a la Marina Real Británica.

La Segunda Guerra Mundial se vislumbraba, pero todavía no era un monstruo. Isabel, la primogénita, tenía 13 años, y la llamaban Lilibet. Cuando Isabel lo vio quedó deslumbrada. Al despedirse, ella subió al Victoria & Albert, el yate real, y Felipe la siguió en un bote de remos mientras la futura reina usaba unos binoculares para no perderlo de vista.

Isabel se mostró deslumbrada por el cadete, pero él no tanto. Quizá porque ese niño que nunca se sintió amado se había convertido en un hombre amable y cordial pero que prefería esconder que mostrar, silenciar que expresar y, sobre todo, que confundía amor con vulnerabilidad. Pero, y a pesar de sus peros, comenzó a intercambiar cartas con esa adolescente que se estaba convirtiendo en mujer y, sobre todo, con esa princesa que sería reina. Entonces estalló la guerra.

Aunque tenían la posibilidad de instalarse en Canadá, Isabel con su familia se quedó en su país. Mientras mostraba su compromiso con el país, su corazón seguía comprometido con Felipe, que servía en la Marina. El amor se expresaba mediante largas y continuas cartas. Pasó la guerra, Isabel creció, y el amor se consolidó.

Jorge VI aceptó a Felipe como novio de su primogénita a regañadientes. El 20 de noviembre de 1947, dos años después de terminada la guerra, Felipe se casaba con Isabel. El novio le regaló a su futura esposa un brazalete de diamantes diseñado por él y la promesa de dejar de fumar. Isabel llevó un vestido realizado por 25 costureras y 10 bordadoras.

Felipe vistió su uniforme naval. A la boda asistieron dos mil invitados, que quedaron impresionados con la seguridad de la futura esposa, de apenas 21 años. Fue la primera boda real transmitida a todo el planeta. Aunque los invitados eran cientos y los oyentes eran millones, Felipe se sentía acompañado pero solo.

Solo estaba su madre, que le entregó una pulsera para que el hijo se la regalara a Isabel. Las secuelas de la guerra todavía se respiraban. Por austeridad, Isabel y Felipe pasaron la luna de miel en el Reino Unido. En 1949, Felipe fue enviado a Malta.

Vivían felices, sin embargo, Felipe, de vez en cuando, mostraba que detrás de sus ademanes de caballero había un hombre de temperamento complejo. «Felipe, solo están haciendo su trabajo. Ahora que te casaste conmigo, tendrás que acostumbrarte», cuenta la leyenda que le respondió su mujer. La relación parecía armoniosa, pero en 1952, Isabel tuvo que suceder a su padre.

La que era princesa se transformó en reina, y su marido, en príncipe consorte. El problema es que Felipe descubrió que mientras su mujer reinaba, él no tenía mucho más trabajo que acompañarla como un marido ejemplar o también como un lindo adorno. Para casarse con ella debió renunciar a su religión, que era la ortodoxa griega, y perdió el título de príncipe de Grecia, a cambio le dieron el de duque de Edimburgo. Ya como príncipe consorte, preguntó si podía quedarse en la Marina, y le respondieron que no.

Palabras más, palabras menos, le informaron que debía limitarse a acompañar a la monarca calladito y modosito, y siempre caminando tres pasos por detrás de su esposa. « Soy el único hombre en el país al que no se le permite darles a sus hijos su apellido». Harto de su rol protocolar o de adorno de lujo, entre 1956 y 1957, Felipe decidió realizar un largo viaje sin su esposa. Fue entonces que Isabel comprobó que no solo era la reina de una de las naciones más poderosas de la Tierra, sino también la esposa de uno de los hombres más frustrados del mundo.

Por eso, cuando nacieron sus hijos Andrés y, luego, Eduardo, no hubo primer ministro ni protocolo que se impusiera. Además, le concedió a su marido el título de «príncipe del Reino Unido». A partir de esos gestos, Felipe pareció aceptar su destino. Visitó todos los continentes del mundo.

Como existían rumores de un golpe militar, el príncipe fue acogido en la estancia La Concepción, en el partido de Lobos. En el lugar conoció a su dueña, Malena Nelson, viuda de Blaquier, una mujer con una belleza de esas que dejan sin recursos. Dicen que la pasión de ambos por el polo, por los caballos y su calidad fue el punto de unión entre Malena y Felipe. Pero entonces el lector recuerda las escapadas de Carlos con Camila o las del rey de España con sus amantes, y mejor no hablar de ciertas cosas.

Aunque nadie lo confirmó ni lo desmintió, dicen que Isabel siempre supo de las infidelidades de su marido. Es que en público, Felipe cumplía con todo lo que se le exigía por cargo y rango. Incluso se arrodillaba ante su esposa si el protocolo lo exigía, todo con una sonrisa y sin perder su elegancia. Pero además, Isabel lo amaba, y como aseguraba cierta diva argentina «al fin de cuentas ellas son amantes y yo soy la esposa».

Y sí, quizá Felipe no le era fiel a Isabel, pero que le era fiel a la reina no había dudas. En su vida pública participó de 22.219 compromisos reales tanto que solía decir de sí mismo que era «el descubridor de placas más experimentado del mundo». Durante un viaje a Kenia en 1984, al aceptar una estatuilla de manos de una mujer, preguntó «Eres una mujer ¿no?». Si sus frases eran polémicas, mucho más complejo fue el vínculo que mantuvo con Carlos, su primogénito.

Felipe también era sarcástico con su hija Ana, pero ella, lejos de callarse, le respondía, mientras que Carlos se retraía. Carlos temía andar a caballo, mientras que su hermana realizaba las proezas ecuestres que hacían que Felipe viera en ella un espíritu similar al suyo, por su confianza y arrojo, y en su primogénito, un muchacho débil. Mientras Felipe brillaba en todos los deportes, su hijo era el auténtico «patadura». Intentando cambiar lo que consideraba debilidad, Felipe decidió que su primogénito necesitaba una educación espartana y ruda.

Cuando se lo anunciaron a Carlos, él lo sintió como una «sentencia en prisión». Aunque Felipe seguía siendo una persona muy poco amorosa, Carlos lo idolatraba. El joven príncipe adoptó sus gestos, forma de caminar y hasta arremangarse el brazo izquierdo. Felipe admitió que podían pasar largas temporadas sin verse ni hablar.

Carlos tampoco le perdonó que lo presionara para casarse con Diana Spencer, aun sabiendo que, según la opinión de su progenitor, se trataba de una «joven presumida, poco inteligente y neurótica». Con sus otros hijos, logró un mejor vínculo. A Ana la respetaba por intrépida, a Andrés lo quería por simpático, y a Eduardo por ser el más pequeño. Sin embargo, luego de los escándalos por los divorcios de Carlos, Ana y Andrés, dicen que dijo «¡Y nosotros que creíamos haberlos educado tan bien!».

En 2017, Felipe decidió retirarse de la vida pública. Si ella fue tolerante hay que reconocerle a Felipe su capacidad de renunciar a todo protagonismo para acompañarla o simplemente para agradecerle que aunque como reina no le dio trono ni reino, como esposa le dio amor y, sobre todo, una familia tan humana como real.