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Las mujeres no lloran: prácticas invasivas que se realizan en el mundo en el nombre de la belleza

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Mujeres jirafa: de tradición cultural a atractivo turístico

Otra de las costumbres peligrosas e invasivas que nacieron en el nombre de la belleza y siguen vigentes es la de las mujeres que integran la tribu Padaung, dentro del grupo étnico Karenni. Habitan la zona fronteriza entre Myanmar (antigua Birmania) y Tailandia, y son conocidas también como “mujeres jirafa” porque viven ataviadas con numerosos y pesados collares que forman una espiral de latón que abraza su cuello. Este adorno, que mide de 30 a 40 centímetros de diámetro, se coloca a las niñas de la comunidad a los 5 años, edad en la que comienza “el proceso de embellecimiento”. A partir de allí se les agrega uno por año hasta que el cuello resista. Estos aros ejercen, a medida que se van sumando, una presión progresiva en la clavícula que la oprime hacia abajo y genera la ilusión de un cuello más largo y estirado. También atrofian los músculos: después de años de cargarlos generan un efecto de soporte.

Según las creencias y tradiciones de esta etnia, los collares son joyas y cuanto más cantidad y más extenso el cuello, más atractiva resulta la mujer, dado que además de destacar su belleza solían simbolizar que la portadora provenía de una familia con gran poder adquisitivo. Los anillos nunca se quitan. Porque el uso de los collares es volverlas más atractivas para los hombres de la etniatra de las costumbres peligrosas e invasivas que nacieron en el nombre de la belleza y siguen vigentes es la de las mujeres que integran la tribu Padaung, dentro del grupo étnico Karenni. Habitan la zona fronteriza entre Myanmar (antigua Birmania) y Tailandia, y son conocidas también como “mujeres jirafa” porque viven ataviadas con numerosos y pesados collares que forman una espiral de latón que abraza su cuello. Este adorno, que mide de 30 a 40 centímetros de diámetro, se coloca a las niñas de la comunidad a los 5 años, edad en la que comienza “el proceso de embellecimiento”. A partir de allí se les agrega uno por año hasta que el cuello resista. Estos aros ejercen, a medida que se van sumando, una presión progresiva en la clavícula que la oprime hacia abajo y genera la ilusión de un cuello más largo y estirado. También atrofian los músculos: después de años de cargarlos generan un efecto de soporte.

Existen diversos mitos y leyendas alrededor del origen de esta tradición. Algunas dicen que era una manera de evitar ataques de tigres, lo que resulta absurdo ya que los hombres no usan los collares y los tigres no discriminan según el género o la genitalidad a la hora de atacar. Otras afirman que era un modo de evitar que las mujeres sean secuestradas y esclavizadas por miembros de otras tribus ya que el peso de los collares les impedía realizar tareas pesadas, lo que reducía su valor como sirvientas.

En 1990, a causa de un conflicto con el régimen militar en Birmania, muchos integrantes de la tribu huyeron a Tailandia. De cara a los problemas que enfrentaban por encontrarse en la frontera, no encontraron más opción que subsistir con el dinero que los turistas pagaban por ver a las exóticas “mujeres jirafa”. Si bien la costumbre se redujo con el paso de los años, al ver la curiosidad que despertaban en los visitantes, dispuestos a pagar buenas sumas por verlas lucir sus cuellos tapizados de aros dorados, algunas mujeres padaung decidieron conservar la tradición. Las agencias de turismo lo saben y no dejan de explotar este “atractivo”. Muchas madres obligan a sus hijas a continuar con esta tradición con el fin de asegurarles un futuro económico. Volverlas una atracción para quienes visitan el sudeste asiático. Los collares pesan. Pesa más sobrevivir.