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Los últimos días de Hitler

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Su ministro de armamento, Albert Speer, trató de convencerlo de que no se trataba de una buena idea. Para continuar la guerra se necesitaban los ferrocarriles, seguir generando armamento, la industria, las comunicaciones, las tareas logísticas que implicaban alimentación y abastecimiento. Hitler lo calló a los gritos. Lo único que necesitaban eran soldados, afirmaba el Führer.

Unos días después se produjo la Batalla de Ardenas y otra victoria decisiva, casi irreversible, de las fuerzas aliadas. Fue en ese momento que Hitler decidió modificar alguno de sus hábitos. Había llegado el tiempo de descender al búnker. El 16 de enero de 1945 Adolf Hitler se instaló en el Führerbunker, el bunker que había mandado a construir mucho antes debajo del edificio de la Cancillería.

Hitler siempre mostró temor a los atentados y a los posibles ataques aéreos. Albert Speer contó que ante cada nuevo proyecto edilicio, Hitler siempre reclamaba más búnkers. Cuando en 1933 dispuso que se construyera un anexo a la cancillería original, un salón de actos, ordenó que abajo se hiciera un refugio. Ese plan fue más ambicioso tres años cuando Hitler le pidió a Speer que construyera una nueva Cancillería.

En 1944 cuando ya las malas noticias caían de manera aluvional sobre Alemania, urgió acometer la ampliación. Las excavadoras trabajaban tres turnos diarios en el patio de la cancillería para que el monstruo bajo tierra tomara vida. El descenso de Hitler, ese 16 de enero, no fue definitivo. Pero las reuniones con sus ministros y jefes militares seguirían teniendo lugar en la Cancillería.

En algún punto el búnker para Hitler funcionó como una evasión, como un chico que no quiere escuchar razones y mientras los mayores le hablan y le explican que la realidad no es cómo él lo piensa, sólo atina a taparse los oídos y gritar bien fuerte lalalala, como si eso alcanzara para modificar los eventos reales. Cada uno de sus hombres que llegaba con malas noticias era tratado de traidor. «En medio de toda la traición que me rodea, sólo me siguen siendo fieles la desgracia y mi perro Blondi», dijo Hitler en esos días finales. En el búnker las noticias llegaban como en sordina.

Que no hubiera noticias hasta era interpretado como un buen augurio. O si alguien informaba que alguna guarnición había rechazado un ataque soviético, o que alguna defensa había detenido el avance enemigo unos días, surgía un optimismo sobreactuado que no lograba imponerse a la persistente resignación fatalista. Porque durante esos meses finales las únicas noticias que llegaban eran malas. Y aunque los planes cada vez tuvieran menos posibilidades de éxito, cada vez que partía alguna orden de Hitler hacia el exterior se instalaba un breve anhelo de mejora.

El desastre era de tal magnitud que, casi como un reflejo, los nazis del búnker creían que nada podría ser peor. En los primeros días, el búnker estaba atiborrado de gente. todo lo que antes ocurría en la gigantesca cancillería, ahora tenía lugar en esas catacumbas reforzadas. No sólo Hitler tenía su habitación allí.

Cuanto más cerca estaban los soldados del Ejército Rojo del edifico de gobierno nazi, menos funcionarios quedaban en el búnker. Hitler, por el contrario, cada vez salía menos de su encierro. Según Joachim Fest, el que peor parecía pasarla era el propio Führer. El Hitler del búnker es, probablemente, el más auténtico.

La guerra estaba perdida pero él no quería asumirlo. Los pocos que tenían el coraje de insinuarlo perdían convicción apenas empezaban a hablar y su discurso se iba difuminando ante las certezas alucinadas de Hitler. « Pero todavía era posible organizar, y tal vez de modo más grandioso que nunca, uno de esos magnos espectáculos que le apasionaron durante toda su vida», escribió Joachim Fest, el autor del libro en el que se basó la película La Caída. De impedir el ingreso a territorio alemán a tratar de no perder posición en el Volga o el Oder, de defender Berlín a tratar de que la Cancillería no sea asaltada disponiendo de toda la artillería que les quedaba para repeler un seguro ataque.

Tal vez, el último día en que el optimismo ganó la partida fue el 13 de abril. Pero antes de que Hitler pudiera reaccionar, su ministro eufórico y agitado lo felicitó. «Le dije que todo cambiaría Führer. A mediados de abril las estrellas indicaban un vuelco. »

Generales y ministros fueron llamados de urgencia. Desbocado por el entusiasmo, Hitler explicó el cambio de rumbo que había dado la contienda. Los argumentos eran una conjunción de movimientos astrales y la muerte de Roosevelt. Una semana después, el 20 de abril el panorama era desolador.

Las salidas de Hitler al exterior eran escasas. La penúltima fue una patética ceremonia para condecorar a niños combatientes en los jardines de la cancillería. Al salir al jardín, después de meses encerrado, creyó que el aire fresco lo despejaría. El hedor acre de la muerte y la pólvora se hacía irrespirable.

Pero el crepitar del fuego consumiendo edificios y las detonaciones que cada vez se escuchaban más cerca mostraban que para los alemanes todavía el infierno estaba lejos de acabarse. Ese breve paseo, tal vez, fue el que terminó de convencer a Hitler que había perdido la guerra. Los últimos días de Hitler fueron intensos. Habituado a dominar vastos territorios, hacía meses que estaba recluido en su bunker.

Durante sus diez días finales de vida la paranoia y la desesperación lo habían convertido en un amasijo incoherente e inestable. En ese tiempo cumplió años, contrajo matrimonio, se peleó con sus colaboradores más cercanos, creyó percibir mil traiciones, dictó sentencias de muerte, desconfió de todo el mundo y , si eso fuera posible, extremó aún más su carácter maníaco. Pero principalmente, por primera vez, se dio cuenta de que había perdido la guerra. Ese 22 de abril, después de echar a varios colaboradores cercanos bajo la acusación de traición e incompetencia, Hitler le preguntó a su médico personal cuál era la manera eficaz de suicidarse.

El médico le recomendó el método doble que días después pondría en práctica. Antes de terminar ese día recibió a Albert Speer, posiblemente la persona con la que más hablaba. Speer le dijo que creía que debía permanecer en Berlín. Hitler estuvo de acuerdo.

Pero le aclaró que él no iba a combatir porque corría el riesgo de ser herido y caer en manos del enemigo con vida. «Créame, Speer, para mí es fácil poner fin a mi vida. » Speer nunca lo había visto así. Que el final era cuestión de días.

Pero antes, Hitler quería destruir toda Alemania. Deseaba que los vencedores no pudieran disfrutar de nada de lo que había antes y también pretendía castigar a los alemanes que habían sobrevivido. El Führer creía que no habían sido dignos de él, que la derrota era culpa de ellos. «Si nosotros nos hundimos, hundiremos al mundo con nosotros» había dicho.

«En esos últimos días, ya no éramos capaces de tener sentimientos normales, sólo pensábamos en la muerte. Cuándo morirían Hitler y Eva, cuándo morirían, cuándo serían asesinados los seis niños que vivían con nosotros y, naturalmente, cuándo y cómo moriríamos nosotros», contó muchos años después Traudl Junge, la secretaria de Hitler. El 30 de abril de 1945, dos horas antes de su suicidio, Hitler llamó a Traudl Junge. « Pero, Dios mío, cuando empezó a dictar la lista de ministros que designaba para suceder a su gobierno de forma tan grotesca, pensé que toda la situación era muy indigna. »

Luego de la guerra los soviéticos destruyeron parte del búnker. En 1988, las autoridades alemanes decidieron construir un edificio en ese terreno. Recientes investigaciones topográficas realizadas con ondas sónicas demostraron que debajo de esas familias que llevan vidas normales todavía subsisten los restos del lugar que alojó a Adolf Hitler en los últimos meses de vida, todavía están en pie muchas de esas gruesas paredes de hormigón.