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Ventisca en Chicago

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Por: Alejandro Gil Recasens

Durante 85 años, la tercera ciudad más poblada de Estados Unidos ha sido gobernada por la maquinaria política demócrata; clanes familiares que se pasan el poder con la promesa de ser menos corruptos que sus antecesores. Legisladores, funcionarios y jueces que acaban siendo investigados por saquear las arcas públicas o favorecer intereses particulares.

Los servicios públicos nunca se han caracterizado por su eficiencia. La gente se ha acostumbrado a enfrentar las inundaciones y a sufrir un transporte poco confiable. Siempre han luchado contra la criminalidad.

Ahora todo está peor. Los índices delictivos suben incontenibles y, sin embargo, se ha reducido el presupuesto de seguridad y se ha restringido la posibilidad de que los oficiales detengan vehículos sospechosos o revisen si una persona está armada. La posesión ilegal de armas, que antes se castigaba hasta con tres años de cárcel, ahora causa sentencias de unos meses, a pesar de que el procesado tenga antecedentes penales.

Los homicidios crecieron 53% entre 2019 y 2020. En promedio hay dos al día; el 83% con armas de fuego. La mayoría de los victimarios y de las víctimas son varones negros de 17 a 25 años. Casi todos se producen por peleas entre pandillas. Sólo se resuelven la mitad.

Lo insólito es que cuando los encuestadores preguntan a los chicagoenses cuál es el principal problema de la ciudad, cada vez más responden que es…

¡LA ALCALDESA!

Lori Lightfoot siempre ha sido un personaje controvertido. En la secundaria organizó una huelga porque les daban pizza de mala calidad y en la universidad encabezó un movimiento en contra de los reclutadores de despachos de abogados. Para pagarse sus estudios de Derecho trabajó de obrera y de cocinera, siendo despedida muchas veces por no congeniar con sus jefes. Gran basquetbolista, a pesar de su corta estatura, siempre armaba broncas al final del partido.

Se empezó a hacer notar cuando, como fiscal federal, combatió a los narcotraficantes e investigó un caso de corrupción en el concejo municipal. El anterior alcalde, Rahm Emanuel, la designó presidenta de la Junta de Supervisión de la Policía. Aplicó una política punitiva, de fuertes sanciones, que la enfrentó con el sindicato. Su jefe se vio obligado a transferirla a la oficina de Protección Civil.

Sabiendo que Emanuel no se iba a reelegir, buscó la candidatura y sorpresivamente tres de cada cuatro votaron por ella, haciéndola la primera mujer negra y la primera abiertamente lesbiana en ocupar el cargo. Los ciudadanos apreciaron su independencia y franqueza; la vieron capaz de combatir la corrupción y la delincuencia. Dos años después, muchos se han desengañado.

Con piel demasiado delgada y permanente actitud defensiva, se ha peleado con todos. Con los legisladores estatales se enfrentó porque decidieron hacer electivos los cargos en la Junta Escolar, algo que ella había propuesto y luego se arrepintió.

Los bomberos la aborrecen porque quiso frenar una ley para mejorar sus pensiones. Los policías también, porque ha hecho reformas que los hace vulnerables ante los criminales, les impuso turnos de 12 horas y los despide por cualquier motivo. El superintendente de Policía le dijo que iba a renunciar y ella lo despidió. El cuerpo está desmoralizado y muchos están adelantando su jubilación.

Manejó muy mal una huelga de maestros y, peor, la emergencia de la pandemia. El hospital que estableció en el centro de convenciones resultó insuficiente. Decretó el cierre de todas las actividades y, a bordo de una patrulla, iba regañando a los que encontraba en la calle. En redes sociales difundió videos en los que asume múltiples personalidades (repostera, astróloga, basquetbolista) para recomendar que no salieran de casa. A la gente no le hizo gracia.

Con el Chicago Tribune, que la había presentado como una persona de principios e incorruptible, también acabó de pleito. Canceló su suscripción por una nota que no le gustó. Sólo le da entrevistas a reporteros negros y latinos.

Se ha enemistado hasta con los que podrían apoyarla. Quitó a los concejales la prerrogativa de vetar asuntos o de promover obras en sus distritos. Presiona para destituirlos de comités y hace caso omiso a sus recomendaciones. En las reuniones de cabildo no los deja hablar y los trata a gritos. Miembros de su equipo han renunciado por su pésimo carácter.

Muchos electores, acostumbrados a los malos alcaldes, todavía creen en ella.