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“Vivir al lado de Rusia es como vivir al lado de un volcán”

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Cuando Vadik y su familia -esposa y dos hijas – decidieron recorrer casi 1.000 kilómetros para escapar de las bombas y balas que los amenazaban a diario, no se imaginaban que pocos años después podrían estar ante la posibilidad de volver a sufrir la misma situación una vez instalados junto a la frontera con Bielorrusia. Como ellos, decenas de familias ucranianas desplazadas de la guerra que estalló en 2014 en la región de Donbás, en el sudeste del país, se refugiaron en la zona de Chernobyl, donde el precio de las viviendas es el más bajo de toda Ucrania debido a que conviven con niveles «tolerables» de radioactividad. Al igual que otros habitantes de la zona, dice que hay niveles más altos de radiación en Kiev, la capital de Ucrania. Además, tiene muchos proyectos en mente, entre ellos producir vino casero, al margen de que estudios científicos de los últimos años muestran que los cultivos de la zona de Chernobyl siguen siendo radiactivos 36 años después del desastre nuclear.

Antes de la guerra Vadik tenía una fábrica de baterías en Górlovka, noreste de Donestk, que fue destruída por misiles rusos lanzados por los separatistas. «Estábamos situados en una zona donde se producían enfrentamientos. » Sin embargo, desde el inicio de la guerra sufrió el terror y la intimidación constante de las milicias prorrusas. «Primero empezamos a ver a estas personas y a desconocidos merodeando, luego mi hermano fue secuestrado y torturado», denuncia Vadik.

« Cuando fuí a ver lo que sucedía habían llegado dos oficiales rusos para hacerse cargo de la situación y le estaban explicando a los rebeldes cómo se manejaban esas armas», relata Vadik, quien con sus propios ojos ha visto cómo el Ejército ruso asiste a los separatistas de Donbás, algo que el presidente ruso Vladimir Putin niega. Tras haber dejado atrás aquella traumática experiencia, este refugiado interno está reconstruyendo su nuevo hogar en Dytiatky, un pequeño pueblo del perímetro de la zona de exclusión de Chernobyl, y teme volver a perderlo todo. «En Ucrania no tenemos desastres naturales, pero vivir al lado de Rusia es como vivir al lado de un volcán», subraya. Mientras trabaja con la ayuda de un vecino -también refugiado de Donbás- construyendo un nuevo baño para la casa que compró semi destruída por solo 200 dólares, Vadik asegura que la amenaza de una invasión es real y los ucranianos deben prepararse para defenderse.

Es más, cree que una entrada de tropas por esta zona sería una maniobra «inteligente» por parte de Rusia, porque es la vía más rápida para que los tanques avancen hacia Kiev, que se encuentra a poco más de 100 kilómetros. «A diferencia de la guerra de 2014, ahora el 80% de la población ucraniana no quiere estar bajo la influencia de Rusia», asegura. A Vadik le gustaría contar con un arma para sentirse más seguro. Por el momento, no tiene dinero para comprarse un arma nueva -en Ucrania se pueden comprar libremente en el mercado a menos de 1.000 dólares -.

Antiguamente este edificio era una escuela y fue utilizado como cuartel por los nazis durante la ocupación de Ucrania, uno de los epicentros de los mayores baños de sangre ocurridos en el siglo XX, una historia que se puede volver a repetir si Putin finalmente decide atacar Ucrania si el país no renuncia a entrar en la OTAN.